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Traigan a Barbara

Escuchar las conversaciones privadas es algo muy grave; una violación a la intimidad y a las garantías fundamentales del ser humano.

A pesar de ello -ahora lo sabemos con lujo de detalles-, don Ricardo y su combo show entraron sin permiso a nuestras casas, nuestras conversaciones, nuestra intimidad. Y eso, como diría mi tía Consuelo, no tiene perdón de Dios.

Ahora está por verse si tendrá perdón para los jueces panameños. Por el momento, solo dos de los actores, Gustavo Pérez y Alejandro Garúz, así como los prófugos Ronny y Didier, están siendo procesados; mientras en la Corte Suprema de Justicia, los magistrados se desperezan para ver cuándo y cómo le entran al gran artífice: el white shark.

En este caso, no importa cuántos enredos monten los cantalantes entogados a sueldo, las pruebas de lo sucedido están hasta en WikiLeaks.

No olvidemos que debido a la fuga de cables diplomáticos de Estados Unidos que el mundo entero conoció gracias a las andanzas del soldado Bradley Manning y la red creada por Julian Assange –“los cablegates”-, tenemos tal vez la mejor descripción del exhuésped del Palacio de Las Garzas.

Tiene una tendencia al acoso y al chantaje que si bien lo había llevado al estrellato en el mundo de los supermercados…..es poco propia de un estadista”, escribió la exembajadora de Estados Unidos en Panamá, Barbara Stephenson, pensando que la cubría el manto de seguridad de la diplomacia estadounidense.

Bueno, hay que ser rigurosos: no creo que ser estadista estuviese alguna vez entre las metas de Ricardo Martinelli, por lo que no es justo criticarlo por no serlo. Sus metas eran otras, más pedestres, más oscuras.

En realidad, el expresidente panameño está confeso. Según el cable de Stephenson, el señor Martinelli le escribió un mensaje en el que le decía que necesitaba ayuda con la intervención de teléfonos, tan pronto ganó las elecciones en 2009.

Así, tan campante. Por lo visto y validando aquello de que “ cada ladrón juzga por su condición”, Ricardito, como es conocido entre los suyos, buscaba complicidades pensando que escuchar las conversaciones del prójimo era un deporte que a otros les apetecía tanto como a él. Y a él le apetecía escucharnos a todos… o en palabras de la exembajadora Stephenson: “ no hacía distinción entre objetivos legítimos y enemigos políticos”.

Finalmente, las preocupaciones que Barbara Stephenson plasmó en el cable diplomático pensando que solo sería leído por los funcionarios del Departamento de Estado, incluyó uno de los rasgos más característicos del hoy famoso autoexiliado de Miami: la amenazó con reducir la cooperación antinarcótica, si Estados Unidos no lo ayuda en sus deseos de escuchar a sus compatriotas. ¡Nada menos!

Pero como don Ricardo no estaba amenazando a cualquiera, con el rabo entre las piernas tuvo que pedir ayuda en otros lares. Lo logró en Israel e Italia, dando inicio a la orgía de escuchas que mantuvo hasta que un golpe de votos lo puso a él y a sus compinches contra las cuerdas y en correderas, para borrar huellas, desaparecer equipos y esconder a Didier y a Ronny.

Y así llegamos hasta aquí. La semana pasada, Garúz y Pérez -el hombre que lanzó a la calle a una cantidad inaudita de experimentados oficiales mientras estuvo al frente de la Policía Nacional, como muestra de la soberbia que lo caracterizó- llegaron al Palacio Gil Ponce a rendir cuentas con la justicia.

Empieza pues el momento del Órgano Judicial, tras el fin de las labores del Ministerio Público.

No tengo idea si el grupo de víctimas de los pinchazos que han sido formalmente incluidos en el proceso como partes lo han pensado,  pero francamente, yo pediría como testigo a Barbara Stephenson.