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Mentira.com

Las opiniones emitidas en el presente escrito son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen la posición del medio.

Estos días tenemos que vivir en un permanente estado de alerta sobre lo que leemos y escuchamos, y, como recomendaba el viejo Descartes, utilizar la duda como método.

La paradoja del asunto es que hoy solo hace falta tocar un par de teclas desde cualquier lugar donde nos encontremos, para obtener un mundo de información sobre cualquier tema que nos interese. Pero justamente esa abundancia de información puede convertirse en un problema.

No sólo se trata de lo que sucede cuando buscamos datos específicos, sino de los sobresaltos que sentimos al recibir constantemente, en los varios aparatos a los que estamos conectados, toda clase de avisos y supuestas noticias que en el mejor de los casos son sólo opiniones, pero en la mayoría, campañas malintencionadas.

En otras palabras, la cantidad de datos que obtenemos es inversamente proporcional a la confianza que podemos tener en ellos.

Y si reducimos el universo a este pedazo de tierra en que vivimos, la cosa se complica aún más. Y es que los mentirosos, los caraduras, los cínicos no descansan en estos tiempos "post-locura" en que,  poco a poco, van cayendo los velos que cubrían los desfalcos, los asaltos a los recursos públicos, los negocios hechos al calor de información privilegiada y del control del sello de aprobación que garantizaba las ganancias.

En este caso, el tamaño de las mentiras a las que estamos siendo sometidos por un ejército de cómplices, amanuenses y mercenarios, es directamente proporcional al tamaño de los robos ocurridos en tiempos de la patria loca.

Obviamente la mentira de la gente del cambio no empezó ahora que han sido desenmascarados, sino que la ejercieron sistemáticamente durante los cinco años que estuvieron en el poder.

Recordemos al exministro de Desarrollo Social, Guillermo Ferrufino, manifestando su "solidaridad" a llanto partido cada vez que veía una cámara, cuando en realidad estaba aumentando su patrimonio escandalosamente, gracias a los contratos y empresas relacionadas con los programas sociales a su cargo.

O al entonces todopoderoso ministro de la Presidencia, Jimmy Papadimitriu, negando con indignación tener algo que ver con las tierras de Juan Hombrón, mientras alegaba que todo era un ataque político.

O al exmagistrado de la Corte, Alejandro Moncada, negando lo que más tarde tuvo que aceptar por la contundencia de las pruebas.

O el exministro de Seguridad, José Raúl Mulino, cuando con cara de importancia llegó a la Asamblea a presentar un proyecto "sobre temas de aviación", cuando en realidad estaba llevando la bomba que fue la "Ley Chorizo", que tanto dolor provocó en este país.

Podría seguir infinitamente, sobre todo con casos relacionados con el expresidente, quien por lo visto podría ser considerado mentiroso compulsivo o mentiroso patológico.

Me explican que hay una diferencia entre el mentiroso compulsivo y el síndrome de mentiroso patológico. Los mentirosos patológicos actúan con mala intención, manipulando a quienes le rodean para lograr sus propósitos egoístas, pero saben que están mintiendo y por qué.

Por su parte los mentirosos compulsivos lo hacen por pura costumbre. Para ellos, la mentira se convierte en un hábito, que casi se convierte en su segunda naturaleza.

Una vez que un mentiroso compulsivo miente, tiene que fabricar una mentira más para tapar la anterior. Con el tiempo, tienen que crear una red de mentiras para apoyar a las anteriores y así hasta el infinito. Con este patrón de comportamiento, los mentirosos compulsivos caen en un círculo vicioso, haciendo de la mentira parte de su vida.

Según la literatura especializada existen algunos síntomas que permiten identificar al mentiroso compulsivo. Entre esos síntomas está el no mirar a los ojos al hablar, tener mal carácter y tendencia al chantaje, ser impulsivo e incumplir los compromisos o promesas.

En cuanto a las causas se habla de baja autoestima, déficit de atención e hiperactividad, trastornos de personalidad, trastorno bipolar, propensión a las adicciones como el alcohol, drogas, sexo, etc.

Y en cuanto al tratamiento, se advierte lo obvio: solo será efectivo si la persona que padece el mal acepta la existencia del problema. Incluso se dice que no es aconsejable enfrentar a la persona sobre la existencia de su mentira, pues puede resultar peligroso por la fragilidad de la mente.

No sé si estamos en presencia de un generalizado síndrome o simplemente se trata de una plaga de caraduras que azota este pedazo de tierra. Por lo pronto podemos descartar del caso clínico al enjambre de abogados contratados por el capo, ya que les pagan para decir lo que sea necesario. También podemos descartar a los voceros a sueldo; solo hacen su trabajo, mientras dure el trabajo.

El problema con estos dos grupos es que, al mentir como parte de sus obligaciones laborales, y siendo unos profesionales, contribuyen con la generalizada confusión de los desinformados, incautos, almas caritativas y demás especímenes locales, que no saben quién fue Descartes, Maquiavelo o Goebbles.

Quedan los directamente implicados y que, en la mayoría de los casos, siguen creyendo que mantenerse mintiendo es el camino para salirse del problema en que los metió su codicia. Tal vez nunca han escuchado el proverbio judío que dice que "con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver".