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Humanidad secuestrada

Las opiniones emitidas en el presente escrito son de exclusiva responsabilidad del autor y no constituyen la posición del medio.

Me cuesta escribir.  No puedo llegar a la hoja en blanco con el espíritu festivo y el tono sarcástico que tanto me gusta, y con el que he enfrentado hasta ahora esta nueva aventura periodística.

Me lacera el dolor de tanta gente, de tantos hombres, mujeres y niños que escapan de la barbarie, del fracaso de la civilización. Me duele la humanidad.

Me cuesta escribir porque no entiendo nada. No puedo creer tanta violencia, tanta insensibilidad, tanto desprecio a la vida, a la inocencia, a la historia, a la cultura, a la belleza. Y sobre todo, no entiendo que se mate, se torture, se viole, se masacre, invocando el nombre de un dios, de una fe, cualquiera que sea.

En el año 2001, el mundo se conmocionó con la destrucción de aquellos colosos de Buda esculpidos en roca entre los siglos III y IV, en un paraje de Afganistán que una vez fue una parada obligada de la mítica ruta de la seda.

De nada valieron las angustiadas gestiones de miembros de la Organización de la Conferencia Islámica, de la UNESCO, así como de varios museos del mundo que quisieron adquirir los gigantes de Bamiyán para salvarlos. Nada sirvió.

La historia quedó reducida a escombros y polvo, por decisión de esas milicias fundamentalistas islámicas llamadas talibán. Unas milicias que se empoderaron originalmente de la mano de Estados Unidos. Absurdos de un mundo que no puede entenderse.

Tras la destrucción de los dos colosos, los talibán arrasaron miles de figuras arqueológicas de la época en que Afganistán era un centro de la civilización budista, mucho antes de que los ejércitos árabes introdujeran el Islam en el siglo VII.

Eso fue hace 14 años; pero hace un mes, el Estado Islámico  -hijos de Al Qaeda, de la invasión de Irak, del fundamentalismo religioso- decapitó a uno de los principales arqueólogos de la ciudad histórica de Palmira, en Siria.

Jaled Assad se negó a irse de su amada ciudad, cuando se anunció la llegada de los bárbaros. Amaba ese oasis del desierto que había sido parada de la ruta de las caravanas, nexo de los imperios asiáticos del Mediterráneo y ciudad floreciente bajo el Imperio Romano.

Tenía 82 años y pensó que estaría a salvo. Se equivocó. Lo secuestraron y le exigieron que revelara dónde estaban los tesoros de Palmira, sin entender que no había otros tesoros que las hermosas ruinas que usaban como campamento. Lo arrastraron a una plaza y lo decapitaron en público.

No fue el primero; otros 13 funcionarios sirios vinculados a yacimientos arqueológicos fueron brutalmente asesinados por miembros de Isis. Y antes de eso, vimos con horror como decapitaban ante las cámaras a periodistas, miembros de organizaciones que estaban en esas tierras por solidaridad y tantos otros. Nada los detuvo, ni los detiene.

Los sirios que estos días huyen aterrados pidiendo refugio en Europa, enfrentando la muerte, el desprecio y también la solidaridad, no solo escapan de los fanáticos de Isis, sino de la tortura y la represión de la aterradora dictadura de Bashar Al Assad. Simplificando… porque es más complejo, más absurdo.

Y de absurdos e iluminados que imponen “su verdad” a sangre y fuego está llena la historia. Las cruzadas y la inquisición para citar a la cristiandad, o el rechazo al otro en los discursos xenófobos que estos días escuchamos en Panamá.

Palmira ya no es la misma. No solo no está Jaled Assad, ni el maravillo templo de Bel. Los vestigios de la hermosa ciudad solo siguen en pie porque son usadas como escudos, como protección, y seguramente quedará reducida a escombros cuando la abandonen.

La “perla del desierto” debe desaparecer, pues representa todo lo que estos fundamentalistas odian: la apertura, el cruce de culturas, el intercambio, el amor al arte, la sofisticación, la libertad. Dejarla en pie sería un fracaso de su misión.

Me duele Palmira y me duele la humanidad.