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House of Cards con culantro

Estos días no hay quien se entere de lo que realmente está pasando. Entre las mentiras y medias verdades de unos, las maquinaciones de otros y las chambonadas de muchos, estamos todos más enredados que un mafá.

Para algunos, el último capítulo de la novela protagonizada por la procuradora de la Nación, Kenia Porcell, es justamente eso, una novela cuyo guion se va haciendo en las oscuras oficinas del Consejo de Seguridad o quién sabe dónde. Su pública petición de que nos sumemos a luchar contra la corrupción tras conocerse el fallo del caso Odebretch dicen, es puro cuento.

Para los que defienden esta tesis, los supuestos errores de los fiscales que han permitido que el Órgano Judicial vaya decretando carpetazos en los casos más emblemáticos de corrupción de la era Martinelli, son parte del plan. Se trata, dicen, de una muy bien pensada estrategia para evitar que el brazo de la justicia llegue hasta el entorno del presidente de la República, Juan Carlos Varela.

En esta historia, por supuesto, el señor presidente de la Corte Suprema de Justicia, José Ayú Prado, tiene una misión muy importante que cumplir: alinear a sus jueces y magistrados para culminar la faena, incluyendo, cuando haga falta, cambiar radicalmente la jurisprudencia como ocurrió en el caso Finmeccanica.

Bajo este esquema, la disputa pública entre la procuradora Porcel y el magistrado Ayú sería puro teatro de cara a la gradería. ¿Será?

Esta versión, sin embargo, choca con las posiciones de ciertas figuras claves de la historia. Por ejemplo la Primera Dama y su dolorido grito contra el magistrado Ayú Prado; o algunos miembros del Gabinete que han enviado mensajes de disgusto por lo sucedido. Podría ser, por supuesto, que tan señalados personajes no formen parte de la mentada conspiración.

El magistrado Ayú Prado, ya lo dijimos, es un protagonista singular en esta saga, en cualquiera de las versiones. Tras pasar por varias fiscalías y por la Policía Técnica Judicial, donde seguramente adquirió las habilidades que le han permitido navegar exitosamente por aguas procelosas, tuvo un papel destacado en el proceso penal contra el expresidente Ernesto Pérez Balladares, lo que parece haberle ganado el afecto del expresidente Ricardo Martinelli, quien lo nombró primero Procurador General de la Nación y luego magistrado de la Corte Suprema de Justicia. Una vez instalado en su despacho en el Palacio Gil Ponce, logró los votos de sus compañeros para presidir el Órgano del Estado por dos períodos consecutivos. Toda una hazaña.

Pero estos días Don José parece decidido a dejar atrás su personalidad estoica, con la que afrontaba impávido las constantes y duras críticas, denuncias y abucheos públicos. Últimamente se ha mostrado desafiante y retrechero, incluso con el presidente Juan Carlos Varela. No está claro si es pura espontaneidad o parte de su campaña rumbo a un tercer mandato como presidente del Órgano Judicial.

Justamente ese fue el Ayú Prado que vimos estos días en relación al caso Odebretch, cuando habló con el lenguaje circunspecto que lo caracteriza. "No creo que la fiscal quiera que la juez viole la ley", fue la enrevesada afirmación que, obviamente, tendrá un efecto en el análisis que hagan los magistrados del Tribunal Superior, cuando les toque revisar el fallo en cuestión. Pero si se produjese el milagro, el reciente fallo de los señores magistrados de la Corte Suprema en el caso Finmeccanica, garantiza el resultado del Amparo que seguramente presentará algunos de los abogados de los 63 investigados. Ya ese libreto se escribió.

Y esto me lleva a la señora jueza Lania Batista. No se cuántos años llevará administrando justicia, pero se trata de una jueza municipal interina; es decir, sin independencia alguna para tomar las decisiones que permitan, más allá de los errores del Ministerio Público, que se haga justicia en el caso más emblemático de saqueo de las arcas públicas que enfrenta Panamá y la región. Me cuesta creer que el cambalache administrativo que sacó a la jueza titular de su despacho, y que permitió primero la intervención de un juez de circuito interino y luego de una jueza municipal interina, sea casual.

Aquí estamos entonces, intentando sacar conclusiones sin que realmente podamos tener certeza de quienes son los buenos y quienes los malos de esta versión criolla de House of Cards. Sin embargo, algunos hechos brindan luces: los casos de corrupción de la pasada administración que ya pasaron del Ministerio Público al Órgano Judicial, duermen el sueño eterno en diversos despachos judiciales. Podría decirse que aquí tenemos una prueba irrefutable sobre la identidad de uno de los malos.

Y finalmente aquí estamos, pensando qué quiso decir el presidente Varela en su mensaje a la Nación con aquello de que "escucho el clamor del pueblo". No sé; por ahora, eso sí que no tiene prueba que lo respalde.