El tortuoso viaje a pie de madre e hija de Venezuela a Perú

Al caer la noche, Sandra Cádiz envolvió a su hija en una manta y rezó para que algún auto pasara y la ayudara a atravesar la fría montaña conocida como “La nevera”.

Angelis, de diez años, ya tenía puesta casi toda la ropa que trajo para un recorrido de 4.345 kilómetros (2.700 millas) por cuatro países: dos pares de leggings, varias camisetas y una chaqueta liviana. Sin embargo, poco ayudaba para proteger a la pequeña del viento helado.

Madre e hija se fueron de Venezuela a pie, uniéndose a más de 650 migrantes que a diario parten a pie de esa nación en crisis, imposibilitados de comprar pasajes de avión o autobús. Cádiz sabía que no todos sobreviven al peligroso recorrido, en el que se cruzan fronteras y se hace frente a terrenos despiadados. Pero pensaba que si se quedaba en Venezuela, no hubiera podido alimentar a su hija que, según le dijo un médico, estaba malnutrida.

Cadiz tenía menos de seis dólares escondidos en su sostén, todo lo que le quedaba de los ahorros de toda su vida. Pasó una hora sin que nadie las recogiese. Dos horas, luego tres, y la temperatura seguía bajando, tanto que sentía congelarse. Solo una mujer se detuvo en una desvencijada camioneta Toyota plateada, pero quería 12 dólares para llevarlas a ambas, los cuales no tenía.

Después de cinco horas, Cádiz y su hija cerraron los ojos y se dispusieron a pasar una larga noche afuera de una gasolinera. Cádiz, de 51 años, había dejado atrás una hija mayor embarazada y el único mundo que conocía. Ahora, estaba aterrorizada frente a una vasta extensión de tierra helada donde se dice que mueren muchos migrantes.

Calladamente, comenzó a llorar.

En uno de los movimientos migratorios más grandes del mundo en la actualidad, más de 1,9 millones de personas han huido de la pobreza, el hambre, la delincuencia y la hiperinflación en Venezuela desde el 2015. Es un flujo comparable al de Medio Oriente y de los refugiados africanos que intentan llegar a Europa. El gobierno del presidente Nicolás Maduro niega que haya un éxodo masivo y ha denunciado una campaña de la prensa en su contra, mientras sus compatriotas llenan parques públicos y refugios de toda Sudamérica.

El costo humano de la emigración venezolana es casi invisible ya que pocos llevan la cuenta de los muertos y desaparecidos. Datos de la ONU muestran que sólo dos docenas de migrantes han muerto o desaparecidos a lo largo de las rutas que los migrantes utilizan. Sin embargo, información recopilada por The Associated Press entre varias instituciones muestra que al menos 235 venezolanos han sido reportados como desaparecidos en Colombia, Perú y Ecuador en los dos últimos años.

Otros 334 venezolanos en Colombia murieron, asesinados o en accidentes, y hay un número indeterminado que se cree se ahogaron en el Caribe.

Unos 2.841 más murieron en Colombia de enfermedades como malaria y desnutrición. Aunque es difícil saber con exactitud qué tanto influyó la migración, Carlos Valdés, el jefe de los servicios forenses de Colombia, dijo que muchos llegaron al país debilitados tras el éxodo.

“No soportan el viaje tan duro, porque son viajes muy largos”, dijo. “Y no comen y mueren”.

Cádiz llevó una vida llena de penurias y estaba decidida a no ser otra víctima. Hija de un ama de casa y de un empleado de un cementerio, quedó embarazada a los 15 años y dejó los estudios para trabajar y atender a su hija. Uno de sus maridos murió durante un robo, otro en un accidente de motocicleta. El mayor de sus cuatro hijos falleció a los 25 años, acribillado a balazos por desconocidos.

Cuando la economía de esta nación rica en petróleo florecía, ella vendía golosinas, cigarrillos y minutos para teléfonos celulares en un pequeño puesto y sacaba para llevar comida a su casa. Cuando un carismático socialista llamado Hugo Chávez llegó a la presidencia en 1999, ella empezó a vender también banderas y gorras de Venezuela.

En los primeros años del gobierno de Chávez pudo comprar pollo, azúcar, leche e incluso mayonesa Kraft. Cuando logró un lugar en un consejo local, el gobierno la premió con un departamento de dos dormitorios, en el que se maravilló con el agua limpia que salía del grifo.

Su fervor revolucionario no tuvo eco en su hermana mayor, que se sumó a una de las primeras olas de venezolanos que partieron al afianzarse el socialismo en su país.

Recuerda que antes de partir, su hermana le dijo: “Pobrecita, siga creyendo en su chavismo”.

A Cádiz le cuesta encontrar el momento específico en que perdió la fe en la revolución, tal vez porque hubo demasiados.

A medida que la economía se deterioraba, se hizo más difícil conseguir alimentos. Cádiz y su hija a menudo dormían afuera de los supermercados para llevarse lo que pudiesen apenas abriesen en la mañana.

Cuando la nuera de Cádiz sufrió una infección urinaria, no pudieron conseguir un antibiótico. La bebé contrajo una irritación de pañal porque no tenían dinero para comprar pañales ni un detergente lo suficientemente bueno como para lavar los de tela que usaban. Cádiz temió que cualquier enfermedad podría causar una calamidad.

“Váyanse o tu hija se va a morir”, le dijo Cádiz a su hijo.

Se fueron a Perú este año, haciendo el recorrido a pie desde Colombia.

En Venezuela, mientras tanto, los clientes ya no tenían dinero para comprar en el pequeño local de Cádiz y a la mujer le costaba alimentar a Angelis, quien estaba al menos 5 kilos (10 libras) por debajo del que sería su peso normal. Les escribió varias veces a ministros del gobierno implorando ayuda para una madre soltera. Empezaba sus cartas con “un saludo revolucionario”. Nunca le respondieron.

Cuando Maduro apareció en televisión en agosto para anunciar una bonificación especial para ayudar a los venezolanos con la transición hacia una nueva divisa con cinco ceros menos, Cádiz vio una oportunidad. El dinero le alcanzaba para comprar dos pasajes hasta la frontera con Colombia.

Esa noche le comentó la idea a Angelis. Podían gastar el dinero en cosas como un par de zapatillas en reemplazo de las viejas que ya tenían un agujero. O podían tratar de reunirse con su hermano en Perú.

Media docena de amigas de Angelis ya se habían ido. Angelis extrañaba cosas como el yogur y los helados, y vio fotografías de lo que su hermano y su familia comían en Perú.

“Vámonos del país”, le dijo Angelis. “Yo me voy con mis zapatos rotos”.

El recorrido desde Venezuela generalmente empieza en uno de cientos de senderos ilegales que cruzan la frontera con Colombia, ya que muchos venezolanos no tienen pasaportes y no pueden cruzar legalmente.

Estos senderos son manejados por individuos armados que cobran 10 dólares a cada emigrante para permitirles pasar, y a menudo roban o agreden a quienes no pueden pagar. Tres días antes de que Cádiz y Angelis partiesen, la policía encontró el cadáver de un hombre de 44 años que había recibido cinco balazos.

Los migrantes cruzan luego el turbio río Táchira, cuyas corrientes a veces son lo suficientemente fuertes como para arrastrar a una persona.

Cádiz tenía pasaporte, pero Angelis no. Tratarían de cruzar con un pasaporte y un documento escrito a mano que certificaba que el padre de la niña había fallecido. Se despidió de su hija mayor, que la acusó de abandonarla, y tomó un autobús hacia la frontera llena de dudas.

En la frontera, Angelis y su madre quedaron separadas por la marea humana. Cádiz finalmente divisó a la niña del otro lado. La pequeña se había mezclado entre un grupo de menores que cruzaron sin que les pidiesen pasaporte.

Pasaron su primera noche en Colombia en la terminal de autobuses de Cúcuta, donde observaron horrorizadas cómo un colombiano perseguía a un venezolano con un machete. Al día siguiente se encaminaron a pie hacia la montaña.

En lo que va del año se ha reportado la desaparición de 142 venezolanos en Colombia, comparado con 85 el año previo, según la oficina colombiana de servicios forenses. Grupos de Facebook están llenos de pedidos de venezolanos que buscan noticias de amigos y familiares que emprendieron la travesía a pie y de quienes no han vuelto a tener noticias.

"No queda de otra que publicar x este grupo a ver si se logra obtener alguna información”, expresó una mujer hace poco, acompañando su nota con la foto de un joven que cruzó la frontera ilegalmente. “Sus familiares están desesperados ya q no saben nada de él".

La cantidad de muertos va en aumento. Sólo en Cúcuta hay 37 cadáveres que no han podido ser identificados y que las autoridades creen son de venezolanos. Valdés, el jefe del servicio de medicina forense, dijo que los investigadores generalmente logran recabar suficiente información como para poder determinar que son venezolanos, pero que sin documentos ni amigos a la mano, es muy difícil saber su nombre.

“Al morir, no sabemos quién es esa persona”, indicó Valdés.

Hacia la medianoche, Cádiz apoyó un cachete en la cabeza de su hija y cerró los ojos, pero resultó casi imposible dormirse en el estacionamiento de una gasolinera helada, rodeada de extraños.

A la mañana siguiente, la mayoría de los migrantes seguían esperando que alguien los recogiese, temerosos de quedar varados en una meseta solitaria.

Pero Cádiz no quería pasar otra noche allí. Apenas salió el sol, partió con Angelis y otro migrante.

A los pocos kilómetros, al hombre empezaron a salirle ampollas. Se sacó los zapatos, improvisó plantillas con el plástico de botellas de gaseosas y con retazos de una camiseta se ató las plantillas a los pies. Al caminar, retumbaba el sonido del plástico que chocaba contra el cemento.

Angelis les hacía dedo a los camiones que pasaban. Era fácil identificarlos como venezolanos por el color de sus mochilas, que eran las que el gobierno socialista había distribuidos entre los escolares. Pasaban familias en camionetas, campesinos y camioneros sin carga.

“No se paran”, dijo Angelis.

A la orilla del camino había objetos de migrantes que habían pasado por allí: tenis con las suelas rotas, una maleta negra desgarrada, sin ruedas, y los nombres de personas, con sus lugares de origen, escritos en rocas.

Lara. Mérida. David, de Valencia.

Cinco horas después dejaron caer sus bolsos al suelo de otra gasolinera. Habían pasado ya tres días desde que iniciaron su travesía y apenas llevaban una quinta parte del camino a Perú. Ahora tenían que cruzar la parte más fría de la montaña.

La meseta, conocida en Colombia como el Páramo de Berlín, es uno de los tramos más temidos del recorrido, donde las temperaturas pueden llegar a los diez grados bajo cero. Cádiz y Angelis escucharon numerosas historias de migrantes muertos allí. En algunos relatos, madre e hija murieron congeladas al quedarse dormidas. En otros, familias enteras.

Anny Uribe, quien dirige un refugio para migrantes caminantes, dijo que escuchó relatos de primera mano de al menos 17 personas que murieron en el páramo. Un coordinador regional de la Cruz Roja dijo que no tienen cadáveres ni evidencia de ningún tipo de que haya habido muertos. Pero las autoridades señalan que es probable que los migrantes no las reporten por el miedo a pedir ayuda tras haber ingresado al país ilegalmente.

El migrante Isaía Alberto Muñoz, de 34 años, afirma que vio a una familia cavando un pozo y llorando junto al camino, enterrando una persona envuelta en una manta blanca, con flores rojas. Su grupo decidió seguir caminando.

“No pudimos parar. No pudimos aguantar más frío”, explicó Muñoz.

Cádiz y Angelis estaban caminando junto a una ruta cuando fueron vistas por Alba Camacho y un amigo. Al principio siguieron de largo. Tenían lugar para dos personas en su auto y Angelis y su madre iban acompañadas por otros tres migrantes.

“¿Y la mujer y la niña?”, le preguntó el amigo.

Camacho, maestra de 27 años, pensó que ninguno de los migrantes podría salir del páramo antes de que cayera la noche, sobre todo la niña. Regresaron para recoger a Angelis y Cádiz.

Camacho cubrió a Angelis con su propio abrigo azul y les compró empanadas. Cruzaron la cima de la montaña adentro de una camioneta con calefacción. Cuando llegaron a Bucaramanga, Camacho y su amiga las llevaron a su casa en lugar de dejarlas en un parque público donde hay cientos de venezolanos sin techo.

Esa noche, acurrucadas en la sala de estar de la casa de una extraña, Cádiz escuchó a Angelis hablar dormida.

“¡Mamá, no quiero caminar más!”, decía la niña.

De regreso a la ruta a la mañana siguiente, Cádiz perdió el sentido de la orientación. Solo sabía lo que le había dicho su hijo: toma la Ruta del Sol hasta Cali y Ecuador. Se acercó a un anciano y le preguntó, “¿la vía hacia Cali?”, recibiendo una respuesta confusa. Era como pararse en una calle de Nueva York y preguntar cómo llegar a Cleveland.

Decidieron seguir en cierta dirección y después de un kilómetro y medio (una milla) se detuvieron para escribir algo en una caja de salsa de tomates Zev. Angelis, cansada y frustrada, le dijo a su madre lo que debía escribir.

“Bendesido conductor para que nos preste la colaboración un paso más adelante”, escribió Cádiz con un marcador, deletreando mal la primera palabra.

Angelis le mostró el cartel a todos los vehículos que pasaban. Solo un ciclista se detuvo y les dio el equivalente a un dólar en pesos colombianos. Dos horas y cinco kilómetros (tres millas) después, Angelis quiso dejar de caminar.

“¿No te quieres ir a la casa?”, le preguntó la madre.

“¿Qué casa?”, respondió la niña.

A regañadientes, Angelis siguió caminando. Después de otro kilómetro y medio, con la ayuda de un policía, consiguieron que alguien las llevase en auto hasta Lebrija, la capital de la piña en Colombia, donde el aroma de la fruta llenaba el aire.

Se detuvieron en otra gasolinera donde una mujer venezolana con su esposo y un hijo de nueve años trataban desesperadamente de calmar a un bebé afiebrado a la sombra de un árbol. Cádiz y su hija también buscaban protección del calor sofocante cuando un hombre con un sombrero negro les dio 50.000 pesos colombianos (unos 16 dólares) y les dijo:

“Ojalá no vuelvan a votar por Maduro”.

Continuaron caminando y hacienda dedo, pero avanzaban a paso muy lento. La noche siguiente habían hecho apenas un cuarto del recorrido entre Colombia y Ecuador, el próximo país que debían cruzar. Cuando caía el sol en un sitio conocido solo como “kilómetro 17”, Angelis y su madre comenzaron a discutir.

“¿Cuál es la Ruta del Sol?”, preguntó la niña.

“Ay Angelis”, respondió la madre. “Yo no sé”.

Armaron una pequeña cama con mantas bajo un techo de hojalata de un taller mecánico. Se cambiaban de lugar constantemente de noche para no ser mojadas por una feroz tormenta.

“Estamos atrapadas”, le dijo Cádiz a su hijo en un mensaje hablado de WhatsApp. Pero el teléfono no tenía señal, de modo que el pedido de ayuda no fue a ninguna parte.

Como casi todas las noches del viaje, Cádiz lloró. Esa noche, también lo hizo Angelis.

El camino que llevaba a la Ruta del Sol era largo y desierto. Pero Cádiz encontró una pequeña cafetería y un camionero que, a pesar del temor de ser multado por la policía por transportar migrantes, las llevó hasta el pequeño pueblo de San Pedro de la Paz. Fue allí que Cádiz decidió cambiar de estrategia. Había reunido 250.000 pesos (unos 82 dólares) que le dieron colombianos y optó por viajar en autobús.

Ese día Cádiz y su hija tomaron tres autobuses, a veces con un solo pasaje, siempre y cuando la niña se sentase en las faldas de su madre. Cuando llegaron a Cali, estaban dormidas.

“¡Cali! ¡Terminal de Cali!”, gritó el conductor, tratando de despertarlas. Cuando finalmente bajaron, sus bolsos eran los únicos que quedaban.

La terminal de buses de Cali estaba llena de venezolanos que dormían afuera, sobre pedazos de cartón, en una zona llena de delincuentes. Cádiz sacó de inmediato dos pasajes hacia Ecuador.

El gobierno ecuatoriano había empezado a pedir pasaportes, pero un tribunal suspendió temporalmente la medida. Conscientes de eso, los pasajeros estaban ansiosos por llegar antes de que se implementase la norma.

Niños nerviosos lloraron a lo largo de las 12 horas del trayecto. En la frontera, Cádiz y Angelis se encaminaron ansiosamente hacia la cola para familias.

Mientras esperaban ser atendidas, un hombre con un fajo de billetes venezolanos dijo que compraba todos lo que tenía. Cádiz sacó lo que le quedaba y el hombre contó el dinero y le ofreció 50 centavos.

Ella se negó. No soportaba recibir tan poco por todo lo que había ganado.

Mientras la madre hizo fila por horas, Angelis se durmió en el piso, con la cabeza apoyada sobre unos bolsos. Cuando Cádiz finalmente fue recibida por un agente del servicio de inmigración, le entregó su pasaporte, el certificado de defunción de su esposo y el documento de identidad de su hija. El agente observó la tarjeta, se la devolvió sin una palabra y firmó un documento especial que le permitía a Angelis entrar a Ecuador sin pasaporte.

El alivio de Cádiz era palpable y ella y su hija posaron para fotos debajo de un cartel que decía “Gracias por visitar la República del Ecuador”. Minutos después, sin embargo, se dieron cuenta de que, en medio del revuelo al cruzar la frontera, habían perdido la identificación de Angelis.

Era la única identificación con foto que tenían de la niña y todavía debían cruzar otra frontera a 2.073 kilómetros (1.288 millas).

En Ecuador, Cádiz y Angelis fueron a una tienda de la Cruz Roja en la que había decenas de migrantes. Se enteraron de que esa noche partía un autobús hacia la frontera con Perú, uno que el gobierno ecuatoriano puso a disposición de los migrantes, sin cobro alguno, en un aparente esfuerzo por facilitar su salida del país.

Cádiz apuntó sus nombres a la larga lista de venezolanos que esperaban conseguir un asiento. Se dispuso que las mujeres y los niños subiesen primero, lo que generó algunas tensiones con un grupo de hombres.

“¡Hay gente que tiene seis días esperando!”, gritó un hombre que dijo que llevaba 18 días caminando por Ecuador.

“También hay gente que tiene prioridad”, respondió otro.

Veinte horas después, madre e hija bajaron del autobús hambrientas, con náuseas causadas por una indigestión. Un médico de la Cruz Roja le diagnosticó una gastroenteritis a Angelis y le dio una botella de Bactrim.

Ocho días después de haber salido de Caracas, Angelis y su madre habían llegado a su última frontera. Cádiz no sabía lo que dirían los agentes de inmigración peruanos si se daban cuenta de que Angelis no tenía una sola identificación con foto, y menos un pasaporte. Pero habiendo llegado tan lejos, confiaba en que Dios la guiaría.

A la mañana siguiente caminaron hacia el puesto de control, que se encontraba a varios kilómetros. Miles de migrantes esperaban, pero de nuevo las pusieron en una fila especial para familias con menores. Cuando llegaron al frente de la cola una hora después, Cádiz sacó sus documentos.

“¿Primera vez que ingresa a Perú?”, preguntó una agente.

“Sí”, respondió Cádiz.

La agente le dijo a Cádiz que apoyase sus dedos en un escáner digital. Angelis, impaciente, le mostró cómo hacerlo. Cuando llegó su turno, la niña sonrió de oreja a oreja para la cámara.

“Cálmate”, le dijo la agente con frialdad. “No sonrías”.

Angelis pegó sus labios.

A bordo de un autobús de dos pisos lleno de venezolanos que cubrió un recorrido de 18 horas hasta Lima, Cádiz y su hija disfrutaron de dos hamburguesas y de una bebida peruana. En una parada, Cádiz vio que su hija miraba fijamente un puesto que vendía pollo frito y gaseosas, y le compró ambas cosas. Al llegar a Lima, no tenían un centavo en sus bolsillos.

“Llegué por un milagro de Dios”, asegura Cádiz.

El hermano mayor de Angelis, Leonardo Araujo, su esposa y su hija de un año las recibieron con un abrazo. Cádiz vio que habían subido de peso y Angelis admiró los zapatos plateados de la bebé.

Recogieron sus bolsos para hacer una última caminata por Lima hacia su nueva casa. Pero si bien una larga pesadilla había terminado, había otras penurias por delante.

EPÍLOGO:

Un mes después de su llegada a Perú, Angelis y su mamá están de nuevo sin un techo donde vivir. No podían pagar más renta, así que el casero las echó del pequeño cuarto donde vivían con el hijo de Cádiz.

Madre e hija están ahora en un refugio lleno de venezolanos. Venden en la calle afeitadoras y otros artículos con la esperanza de reunir dinero para alquilar una habitación.

En un momento de desesperación, Cádiz se preguntó si ella y Angelis no estarían mejor en Venezuela, pero algunos amigos les dijeron que las cosas estaban peor.

Como sea, hay algunos indicios que les dan esperanzas de que podrían tener una vida mejor en Perú: Angelis ya subió casi 5 kilos.

Recibe todos los días en tu mail los titulares más importantes