Los incendios de Siberia asfixian a la ciudad de Boguchani

"No se puede respirar. Se siente el humo hasta en el apartamento. Una sensación que no te deja", cuenta Sveltana Tufliakova, una habitante de Boguchani, una ciudad rusa situada a un centenar de kilómetros de los incendios que arrasan los bosques de Siberia.

Tufliakova, madre de familia de 32 años, mece lentamente el cochecito de su bebé frente a un parque infantil vacío de la pequeña ciudad de Boguchani. En el aire, flota el aroma a quemado, que se prende a los ojos y a la garganta. En el cielo, el sol luce rojo, como si estuviera detrás de un filtro.

"Salimos porque tenemos que hacerlo. Vamos rápidamente a la tienda y luego volvemos a casa", explica.

Los incendios en la taiga rusa, muy frecuentes en verano, tomaron un alcance inusual, lo que llevó al presidente ruso, Vladimir Putin, a ordenar la intervención -tardía- del ejército en apoyo del Ministerio ruso de Situaciones de Emergencia.

Según Greenpeace, 13,1 millones de hectáreas ardieron en lo que va de año, el tamaño de Grecia. Más de 4 millones de hectáreas siguen siendo presa del fuego, hasta el punto de que, según la organización ecologista, los incendios podrían acelerar el deshielo del Ártico y, más globalmente, el cambio climático.

Pero las autoridades rusas, menos alarmistas, evaluaron el lunes en 2,4 millones las hectáreas de la superficie afectada por las llamas.

La localidad de Boguchani, de 11.000 habitantes, situada a 600 km de la ciudad de Krasnoyarsk, en una de las regiones más afectadas, lleva meses soportando espesas humaredas, dependiendo de la dirección del viento.

Los habitantes optan por encerrarse en sus casas a cal y canto, con las ventanas cerradas, y por moverse únicamente en auto. Aseguran que el humo les está causando problemas de salud y acusan a las autoridades de no haber actuado hasta hace solo unos días.

"No hay nadie en las calles. Los niños ya no juegan. Nadie sale en bicicleta", cuenta Dmitri Ajamadichin, de 37 años, a la AFP en su casa. "Estos dos o tres últimos días, llegaron helicópteros para intentar apagar algo. Pero antes de eso, no vimos nada de nada".

"Antes, los incendios no eran tan frecuentes. El periodo era entre mayo y junio. No había incendios en julio", agrega Svetlana Tufliakova, que asegura que padece una tos recurrente.

Ivan Ozornik, de 60 años, que nació y creció en Boguchani, cuenta que su mujer tiene la tensión alta y que a veces se desmaya. "Esto es por culpa de este esmog y de los incendios", sostiene.

La agencia rusa de protección de los consumidores afirmó la semana pasada que el humo no presentaba "riesgos sanitarios altos".

Lejos de mostrarse tranquilo, Ivan Ozornik se declara indignado por la gestión de la catástrofe. "Deberían haber intervenido mucho antes, cuando los focos todavía podían extinguirse. Ahora, el fenómeno se ha vuelto casi incontrolable. Es una pena que el dinero público desaparezca sin resultado", lamenta este exentrenador de hockey.

El Ministerio de Medio Ambiente ruso emitió un decreto en 2015 que permite la no intervención en los incendios ubicados en zonas alejadas o poco accesibles si el "coste estimado de la intervención supera el de los daños estimados" causados por el fuego.

La oenegé Greenpeace advirtió que los incendios podrían generar una "crisis climática" y reclamó "discusiones internacionales" para modificar la legislación que permite la no intervención en zonas afectadas.

En internet, una petición de apoyo de esas demandas recabó 380.000 firmas.

El lunes, el Ministerio de Situaciones de Emergencia indicó que los fuegos se debían, sobre todo, a "tormentas secas" y casos de negligencia.

Pero en Boguchani, ahora temen que la ausencia de árboles acelere el deshielo de la nieve en primavera y que haya inundaciones. "Vamos a dejar atrás desiertos en lugar de árboles", lamenta Ivan Ozornik.

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