Filigrana, la herencia árabe en un pueblo de Colombia

Daniel Alfonso Garrido tiene pulso de cirujano. Pero por sus pesadas manos no pasan bisturís, sino hilos de metales preciosos que forman animales o flores inspirados en el arte de la filigrana, una herencia árabe de la conquista española enquistada en un pueblo de Colombia.

Figuras blancas, por el color de la plata, y amarillas, por el brillo del oro, decoran su joyería situada cerca del centro de Mompox, una remota localidad en el norte de Colombia abrazada por el río Magdalena y que inspiró al Nobel Gabriel García Márquez.

Con una pinza moldea las figuras deseadas, por lo general inspiradas en la naturaleza. Cada corte es un recuerdo de una actividad que desde 1897 se traspasa a la siguiente generación de su familia y que convirtió a este pueblo de casi 44.000 habitantes en la cuna mundial de esta compleja labor.

"Esta tradición es árabe, los árabes se la enseñan a los españoles, luego los españoles cuando nos conquistan nos traen ese arte a América, especialmente a Mompox", cuenta a la AFP Garrido, un moreno canoso y de baja estatura de 53 años.

Los Garrido son una de las familias más tradicionales y con mayor destreza para este arte, al que se dedican unas 170 personas en este pueblo, según el Instituto de Cultura y Turismo del departamento de Bolívar (Icultur).

"Llevamos la orfebrería en la sangre", agrega sobre esta manufactura que construye figuras con un estilo tipo encaje a partir de hebras preciosas.

Las figuras de filigrana decoran las vitrinas de la veintena de joyerías en Mompox, fundada en 1540 y declarada patrimonio de la humanidad en 1995 por la Unesco por la conservación colonial de sus fachadas, que incluyen arcos, ventanales y portones.

Los colores del oro y la plata combinan con los tintes de las fachadas de esta joya colombiana -separada por unos 250 kilómetros del mar Caribe- muchas de ellas golpeadas por el paso del tiempo.

"Me encantan los diseños que hacen. La verdad es un trabajo muy laborioso y cuando uno pide el valor de una joya uno dice '¡wow!', pero cuando uno va al taller, se da cuenta de todo el trabajo que hacen y ese es el verdadero valor", señala Viviana Devia, una bogotana de 42 años, tras comprar más de quince accesorios.

El taller de "Tito", como es conocido Garrido por los momposinos, conserva un estilo clásico que recuerda las épocas en las que el oro llegaba al pueblo: un rústico patio rectangular con puestos de madera y soportes de hierro.

Pese a que su exclusiva filigrana es mundialmente famosa, en estas tierras nunca ha habido explotación aurífera.

En tiempos de los españoles, Santa Cruz de Mompox, su nombre oficial, se convirtió en un centro de acuñe. El primer curso para que los lugareños se iniciaran en el manejo del oro y la plata fue la acuñación de moneda.

"El valor agregado que le damos (a la filigrana) es la tradición, el tiempo, la fragilidad en las manos, cómo se elabora, esa paciencia que hay que ponerle, porque si el orfebre no tiene paciencia no funciona", explica Garrido.

Mompox obtiene "cerca de 2.560 millones de pesos (unos 867.000 dólares) anuales de ingresos entre las 23 joyerías registradas en el pueblo", asegura a la AFP Lucy Espinosa Díaz, directora general del Instituto de Cultura y Turismo de Bolívar (Icultur), departamento al que pertenece Mompox.

Cada joya no baja de ocho dólares y puede llegar a cientos, según el gramaje.

Elaborar un accesorio es un proceso que puede tardar desde medio día hasta medio mes, dependiendo del tamaño y la complejidad del diseño, explica Jaime Flórez, de 27 años, quien desde temprano da forma a una manilla de plata que espera terminar antes de que caiga el sol.

Primero se define el diseño, se calcula el peso de la pieza, se elige el material y después se funde. Posteriormente, cuando el metal pasa de sólido a líquido, se crean los hilos y se le da forma al relleno de la pieza.

"Lo especial de la filigrana es el relleno, eso es lo que nos caracteriza", apunta.

Afuera de la órbita turística colombiana durante años por la dificultad de su acceso -en lancha por cuatro horas, por tierra desde Valledupar o por aire en pequeñas aeronaves-, el pueblo que hospeda a "El general en su laberinto" de Gabo se resiste a perder la tradición que oxigena a su gente y su economía.

Con el arrullo de las aguas del Magdalena se entremezclan los golpes de martillo y la soldadura de los orfebres, que al unísono claman: "Mompox, igual filigrana".

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